
El atentado terrorista perpetrado este lunes en el suburbano moscovita nos devuelve a la memoria a esos cinco parleños (y, por supuesto, de los centenares de víctimas) que un 11M de tétrico recuerdo se dejaron la vida; les arrebataron la ilusión propia y de los suyos y, quizá lo más importante, sembraron la semilla para concienciarnos de que la barbarie nunca puede tener sitio en democracia. No sirven apelaciones a religiones o ideas. Tristes abogados del diablo quienes buscan argumentos que justifiquen este tipo de asesinatos.
Nosotros los conocemos bien después de tanto sufrimiento y por eso nos solidarizamos con las víctimas. No olvidamos, nunca podremos olvidar, que nos faltan algunos vecinos, que otros quedaron malheridos y otros muchos, a los que no preguntaron nacionalidad, se vieron envueltos en una vorágine sin sentido ni futuro. Umberto Eco afirmaba con mucha razón que ‘el fin del terrorismo no es solamente matar ciegamente, sino lanzar un mensaje para desestabilizar al enemigo’. Bien, pues que sepan que somos sus enemigos y que la barbarie que siembran sólo conduce al fracaso, a su ruina moral y al ostracismo.